Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda
Genésis 4:4b Biblia Ampliada
Abel no es puro. No es un hombre inocente.
Su favor ante Dios radica en que
está dispuesto a considerarse tal y como es.
No lucha ni se esfuerza por ser
“algo diferente”.
Este Abel no parece estar capacitado para ser nada
aparte de un ser humano pecador y necesitado.
Todo cuanto es Abel se halla en los rasgos del niño
al cual Jesús nos llama.
Un hombre de profunda sencillez e insondable humildad:
sin doblez, sofisticación,
grandiosidad o mezquindad.
Dios dice “sangre”. ¡Ese gran misterio!
Abel se limita a decir “Sí”. Su credo es dictado por Dios.
No crea el suyo propio.
Y su confianza como de niño ante su padre es satisfecha.
Así pues, Abel está satisfecho con la ofrenda de sangre.
Mediante la sangre Abel ha conocido la satisfacción de Dios,
una experiencia de gracia en la que Caín jamás se adentró.
Caín ha tenido la gracia de la búsqueda personal de Dios, pero no
ha experimentado la libertad ni se ha desligado de su propia culpa.
Abel disfrutaba esa comunión de paz
que la gracia entrega cuando la gracia se recibe.
Sólo la sangre habría de afianzar ese hecho y
Caín había despreciado ese odioso sacrificio.
La “sangre” había insultado su confianza
y asaltado su sensibilidad.
La sangre no presta lugar para lo Propio,
ni oportunidad para la hazaña jactanciosa.
Es por esto que la sangre es tan ofensiva:
niega al yo a todos los niveles.
Por tanto, para recibir la sangre como solución íntegra,
uno ha de ser en verdad muy humilde.
Abel destila el sosiego de la reconciliación divina.
Este hombre, enfrascado en su ofrenda de pureza mediante el perdón,
no concibe como algo plausible eludir la sangre,
¡rehusar la sangre!
Tan simple.
Caín es quien lo ha hecho complejo.
¡La recompensa!
Caín había exigido recompensa
sin rendición.
Al rechazar el don, ha perdido al Dador.
Desde su punto de vista, Abel se pregunta, “¿cómo fue capaz de hacerlo?”
¡Abel está desconcertado!
Para él la ambición de Caín es un enigma,
y su forma de pensar un laberinto.
La imaginación de Abel
no es capaz de comprender
a su hermano descontento.
La paz de su hermano más joven, más pequeño,
es locura para Caín.
El gozo sereno de Abel no es producto de la inocencia,
sino de la limpieza de una conciencia que
no sólo obtenía perdón,
sino que disolvía su propia codicia
Esa misma alma tenebrosa vive en Abel, pero
reniega de ella sin darle crédito alguno.
Sabiendo que es pecado,
conquistó al pecado. Con el patrón de Dios.
Con sangre.
Abel no tenía doblez. Se movía en realidades y
sus verdades yacían sobre lo que era obvio:
Él ES un pecador. Necesita a Dios.
¡En la sangre Abel TIENE a Dios!
Se acabó el asunto.
Las argucias le son ajenas y
un tanto innecesarias.
Mediante la humildad de la confesión y la
respuesta de la sangre, Abel ha repelido
a la bestia que acecha a su puerta.
¡La sangre aleja de la puerta
al “Pecado” que acecha!
Por tanto Abel no vive atormentado
con desbocadas ilusiones y la ambición de un necio
como vive Caín.
Abel regresa a su vida sin pretensiones,
cuidándose de sus propios ganados y campos.
Y la presencia de Dios va con él.
Pero Abel es hombre vulnerable
en el bosque traslúcido que es
su perdonado corazón.
Baja su propia guardia y se hace vulnerable a sí mismo y…
concurre ante su Dios.
Así pues, vive con un corazón desnudo, dando por hecho
que los demás viven en un alma tan ajena a la mezcla como la suya.
E interactúa en inocencia con
una pureza natural.
Ambos hombres se hallan en sendas tan dispares que
no hay verdadera conexión fraternal en ninguno de ellos
hacia el otro.
En su llana integridad, Abel mantiene
una lealtad hacia Caín que habrá de convertirse
en su propia ruina.
La perplejidad de Abel ante los esfuerzos y luchas de Caín
le desguarnece ante la astucia de su hermano.
En nada sospecharía de Caín algo tan tenebroso como un asesinato.
El hombre perdonado no es rival para el hombre celoso.
Por ende Abel sigue a Caín al campo
con toda modestia de corazón.
Cordero que va al matadero.
...
less article